Por: Isidoro Armendáriz

(Sin interés en alguna Candidatura plurinominal)

En el PRI moderno quienes no tienen impronta aristocrática ni títulos nobiliarios concedidos difícilmente pueden llegar a la Cámara de los Lores; es decir, no tienen posibilidad alguna de ser candidatos plurinominales. En cambio, otros partidos acicatean a sus cuadros más notables y relevantes para que salgan a la calle en busca de votos como candidatos de mayoría. También existen formaciones políticas que integran su lista de representación proporcional con candidatos indecentes e indeseables.

Todo indica que la élite política local del PRI aún no está mentalizada para construir la victoria de José Antonio Meade. Eso sí, existe generosidad en intrigas y maquinaciones políticas para medir fuerzas, y tretas para conseguir mayores espacios personales o de grupo, como herencia de un partido añoso que ha transitado durante casi nueve décadas. No existe una correlación entre mente, método y meta.

A pocos días de distancia el PRI habrá de definir a sus candidatos plurinominales federales y locales por ello estamos viviendo la tercera guerra local interna: La primera, referente a la renovación de la dirigencia del PRI; la segunda, relativa a la disputa por las candidaturas a senadores y diputados federales y locales; la tercera, para algunos la más importante, porque está en juego el gran botín de las plurinominales.

Metidas en el campo de batalla las cohortes PRItorianas descuidan y desatienden las unidades de infantería, mejor conocidas como entidades promotoras del voto, cuya capacidad no ha sido suficiente para neutralizar a  los adversarios en zonas populares específicas.

Las candidaturas plurinominales deben ser un premio para militantes distinguidos en tareas de partido, no un castigo para la militancia ni una rémora para el avance electoral del candidato Meade, y que eleven positivamente la imagen del Partido y destierren incompetencia, deshonestidad y frivolidad.

Los sectores, organizaciones y agrupamientos adherentes al Partido no deben estar ausentes en el proceso electivo, tampoco los comités municipales y seccionales, toda vez que en ellos recae la fuerza organizada de la militancia, el proselitismo y el trabajo territorial. Una decisión diferente y unilateral niega la naturaleza estructural del Partido.

Un diputado plurinominal, hoy más nunca, debe ser el emblema de la unidad, el símbolo de la eficacia y la síntesis de la dignidad partidista en sus principios y valores, por lo que su postulación no debe ser sorpresiva ni humillante.

El arraigo social, el compromiso con la Nación y la noción de gobernabilidad no chocan ni niegan la representación proporcional. De ahí que el principio plurinominal lleva consigo la consolidación del marco ideológico, la aptitud para el debate parlamentario y la deliberación política. Es decir, convertir iniciativas e ideas plurales en producto legislativo.

Los liderazgos del PRI dejarían de tener problemas por los afectos y compromisos con la élite si le hacen caso a la base partidista y asignan candidaturas de esta naturaleza a cuadros identificados con los estratos sociales mayoritarios que acumulen votos para Meade.

La legitimidad y la autoridad moral de un candidato plurinominal se la da una gran convención democrática con integrantes de los consejos políticos estatal y municipales cuyos aspirantes previamente sean medidos y pulsados a través de encuestas, sondeos y opiniones.

Desde Aguascalientes se visualiza que la contienda presidencial a partir del 30 de marzo será entre sólo dos candidatos fuertes: José Antonio Meade y López Obrador. Es el sortilegio de los brujos.